jueves, 29 de mayo de 2014

La primera novela de Azorín

Diario de un enfermo es del año de la muerte de Clarín. Pero hay un mundo de separación: argumento mínimo, un yo fuerte pero solo en la expresión de su nihilismo –la salvación por el amor es solo retrasar el fin que traerá la muerte de la amada (la enfermedad: tísica, eso sí muy XIX): el suicidio que queda como única salida.
El narrador es un enfermo que escribe con el famoso estilo paratáctico y asindético de Azorín, que he comprobado aquí que refleja no morosidad ni ‘impresionismos’, sino la agitación de un espíritu que ha descubierto el valor del silencio, pero al que tampoco el silencio le cumple todo eso a lo que aspira con la escritura, incluso silenciosa y nada estridente, limpia cada vez más de retórica decimonónica y sentimentalismo idem. Hay una tensión agobiante en una superficie hermosa, los famosos adjetivos en tiradas largas y nunca banales, siempre precisas: «Todos mis amores han sido fugaces, momentáneos, desabridos» (9), «Los días claros, luminosos, tibios; los días del renacimiento primaveral» (10).
Hay pocas palabras ‘raras’, poco arqueologísmo todavía. Me gustó encontrarme una palabra que no conocía en español: «tantalismos» (10), que define a continuación: «conatos de placer».
Todo sucede entre Madrid, Toledo y Alicante. El libro está dedicado al Greco. La reacción del narrador ante él es compleja: de rechazo: «los retorcidos, desmadejados, grises, negruzcos, siniestros personajes del Greco…» en Santo Domingo el Antiguo de Toledo (28). Pero al poco ese mismo Greco le hace llorar «de admiración y de angustia. Sus personajes alargados, retorcidos, violentos, penosos, en negruzcos tintes, azulados violentos, violentos rojos, palideces cárdenas – dan la sensación angustiosa de la vida febril, tumultuosa, atormentada, trágica. ¡Qué retrato el del cardenal Tavera!» (33-34). Y no voy a poner todo el texto, que actúa de espejo de toda la novela y del protagonista, pero bien interesante que es: que alguien haga un artículo sobre Azorín y su visión de El Greco (antes de Cossío): oh, ah, ya hay uno. Ah; y esto.
Lo que me conmovió fue encontrar (32) un elogio a Alonso Cano (además de versos de Verlaine y de Maragall), a propósito de un busto de una monja en éxtasis que le recuerda a santa Teresa, por la que expresa una admiración sin fisuras: «representa la fe omnipoderosa, el desprendimiento profundamente artístico de las terrenas cosas, el ansia del infinito, el vuelo sereno y firme al ideal. Iluminada, abstraída, bravío espíritu en achacoso cuerpo –peregrina a través de toda España, sufre hambres, pasa fríos, funda pobre y desamparada numerosos conventos…». Esta es otra pincelada de ese Azorín que buscaba a ciegas en esos años jóvenes.

Azorín, Diario de un enfermo (en Novelas I (1901-1925), ed. M. A. Lozano Marco), Biblioteca Castro, Turner, Madrid, 2011, p. 1-46 [Madrid, Ricardo Fe, 1901]

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