lunes, 10 de marzo de 2014

El amor que mueve

Agradecí mucho la reprimenda del anónimo del viernes: no estaba bien ponerme quejoso con el sol, justo cuando salía en todo su esplendor. Ni siquiera era excusa haber pasado por la racha más larga de lluvia de la historia en la ciudad más lluviosa de España: 75 días seguidos y 997 litros (cf. Madrid: en un año, 436 litros).

Al menos el anónimo me lo endulzaba recordándome a Basho: qué dicha, a mí que a veces cuando oigo 'sol' lo que me viene a la cabeza es eso de Anaxágoras de que simplemente es una piedra de fuego incandescente, por más que haya estado leyendo estos días la comparación tan emocionante que hace Platón con la Idea de Bien y sobre todo cuando me acuerdo de que el sol es símbolo de Cristo.

Pero hasta la lluvia la manda Dios. Venga, otro pasaje de fray Luis, de su traducción del salmo 147:
Aqueste Dios envía
a la tierra su voz y mandamiento,
y con presta alegría
le obedece al momento,
sin poder resistir, todo elemento.

Envía y lanza nieve
como copos de lana carmenada;
aqueste es el que llueve,
y esparce niebla helada,
menuda cual ceniza derramada.

Envía también del cielo
cual planchas de cristal endurecido
el riguroso yelo,
cuyo frío crecido
no puede reparar ningún vestido.

Y aunque está más helado,
se derrite al divino mandamiento;
sopla el sonido airado
de algún lluvioso viento,
y al punto suelta el agua el fundamento.

La niebla como ceniza derramada, ay.

2 comentarios:

  1. Soy yo el que da las gracias. Me temo que en mi nota anterior me dejé llevar por un humor algo problemático, que atribuyo a mi agobio de trabajo de estos días (hoy he enviado a la editorial un libro que tenía comprometido, entre otras faenas menores pero igualmente urgentes). Sorry.

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  2. Pero gracias a tu comentario pude recapacitar y dar gracias a Dios también por la lluvia, algo que te agradezco infinito.

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