martes, 4 de diciembre de 2012

Kulturhuset

La Casa de la Cultura en Estocolmo era el paraíso del ideal socialdemócrata: conciertos, teatro, exposiciones de aire malote para escandalizables inexistentes.

En la plaza organizaban actividades 'sociales', como esta de rapeos, en la que cantaban y bailaban suecos de pieles coloridas dirigidos por suecos de pieles blanquecinas (hasta que se montó una tangana y la rubísima sueca buenrollito se puso nerviosa -menos mal que tenía un matón sueco rubio al lado):



También en la plaza hubo otro día un macroconcierto de gospel:



Se habían traído -la Iglesia sueca- a pastores yanquis que fueron dirigiendo al macrocoro: sabiendo inglés y con una religión tan políticamente correcta, les alabo el gusto de buscar una vía de salida recurriendo al gospel. Y todos uniformados, actitud -me dijeron- plenamente sueca: todos juntos, eludiendo como sea la confrontación (explícita, quiero decir: la implícita es brutal, al menos si nos fiamos de Bergman), dibujando un paraíso socialdipócrita, ya que no hay otro.
Yo me dejé tentar de aquella grandiosa música, y me acuné en ella -tan dulce era-, pero pasó un rato y aquello se acabó.

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