jueves, 24 de septiembre de 2009

Dos cosas que me he encontrado sobre el aborto estos días

[...*]
1. Un amigo me deja un libro de cuentos de Cheever; he empezado por el tercero o cuarto, el más corto, por probar a ver.
Y bueno, no está mal: es sobre un matrimonio 'normal', con dos niños, clase media, todo normal; les gusta mucho la música pero un día la radio deja de funcionar: acaban cambiándola por otra y resulta que en ella pueden oír a los vecinos; la mujer acaba escuchando cada vez más y cada vez con mayor 'implicación' y hasta compasión. Y en un momento determinado sale a pedirle a su marido que haga algo, que ha oído en un canal a un vecino que está pegando en ese momento a su mujer. Y es cuando el marido se pone a gritar y ella le pide que se calle, que les van a oír los vecinos. Justo entonces es el momento decisivo, cuando él le echa en cara a ella sus trapos sucios, varias cuestiones menores y a continuación, sin anestesia, que ella abortó casi sin despeinarse**:
-¿Por qué te has vuelto tan mojigata de repente? ¿Qué ha hecho que te conviertas de golpe en una monjita? Robaste las joyas de tu madre antes de que legalizasen su testamento. No le diste a tu hermana ni un céntimo de ese dinero que se suponía que era para ella, ni siquiera cuando lo necesitaba. Hiciste desgraciada a Grace Holland, y ¿dónde estaban tu piedad y tu virtud cuando fuiste a abortar? Nunca he olvidado lo tranquila que estabas. Preparaste tu bolsa y te fuiste a que asesinaran a un niño como quien se va de vacaciones a Nassau. Si por lo menos hubieras tenido alguna razón, si hubieras tenido algún motivo...
2. Estuve leyendo la Antología de Juan Bonilla***, que recomendó Enrique Baltanás. Está bien, aunque muchos poemas, y más los de cuando era más joven, son de esa onda nihilista que no me dice nada (a diferencia de la nada cuando la explora Pedro Sevilla, que me dice mucho); por muy bien escritos que estén los poemas (que lo están), me aburre la descripción morosa de esos amores de usar y tirar que van pasando, el minimalditismo que me molesta cada vez más -venga, dejad de quejaros, cuarentones de mi edad, que lo tenéis todo, o al menos tenéis todo lo que decíais que queríais tener-. Especialmente me molestan los supuestos juegos metafísicos -es un decir- con lo más serio o frases del tipo: 'Sólo estar'.
Pero luego tiene poemas memorables, como La señora gorda (trasfondo aquí) o Tos fingida; y hay uno que me impresionó por lo raro de que alguien diga algo así (escalofriante la 'bandeja plateada'):
El hijo que no tuve
El hijo que no tuve crece ciego
en las entrañas de un bosque incendiado
donde mi voz lo busca cada noche.
(...)
No lo dejé nacer -mi tarjeta de crédito
en la bandeja plateada que ha traído
la sonriente enfermera- sin saber
que aún brotaría en el sótano
de mis noches, en el bosque incendiado
de mis ganas de darle realidad.
(...)
[ACTUALIZACIÓN 11: 40 AM: y EGM pone en su blog un poema suyo relacionable y Antonio Rivero Taravillo le recuerda otro también relacionable que puso él en el suyo hace tiempo].

* Aquí tenía una serie de improperios: a Zapatero (y Aído), a Rajoy, a Los Grandes medios (que sólo hablan de lo de los '16 años'), a los nacionalistas católicos (perdón por el oxímoron), a los católicos de derechas de toda la vida que están en el Consejo de Estado. Pero luego, conseguido el efecto catártico, pensé que mejor lo borraba.
**John Cheever, "La monstruosa radio", en Relatos 1. Traducción de José Luis López Muñoz y Ramón Zulaika, Emecé, Barcelona, 2006, p. 64
*** Juan Bonilla, Defensa personal. Antología poética 1992-2006, Renacimiento, Sevilla, 2009

5 comentarios:

  1. Qué espléndida entrada. Gracias.

    ResponderEliminar
  2. Me he acordado al leer tu magnífica entrada de hoy de una película "seria" de Woody Allen, que yo considero entre sus obras mayores: "Otra mujer", con la sublime Geena Rowlands como protagonista (injustamente aludida, muchas veces, como "la mujer de John Cassavettes"). Se trata de una mujer de "mediana edad" que, casualmente, escucha en su casa a través (creo) de la rejilla de ventilación las confidencias de "otra mujer" más joven (eminente Mia Farrow) que va al psicoanalista que pasa consulta en la casa de al lado. La mujer joven está embarazada, y la mujer "mayor" se encuentra a sí misma absorbida escuchando las impresiones que aquélla traslada al psicoanalista, acerca de su futura maternidad, sus ilusiones, temores, esperanzas. Asistimos así a un proceso de catarsis: Rowlands, casi sin palabras, llenando la pantalla, va recorriendo su vida. Y no puede olvidar el tremendo episodio de su juventud, cuando, enamorada de un profesor de la universidad (genial Gene Hackman), se queda embarazada y aborta. Esa herida volverá a abrirse al calor de las confidencias oídas a hurtadillas de la "otra mujer", y sólo podrá cicatrizar cuando, al enfrenatarse al terrible fantasma del crimen cometido (y que creía olvidado), pueda mirar a esa mujer a los ojos e intentar redimirse. La película es una obra maestra, que aborda con increíble sutileza temas tan serios como el pecado y la necesidad de perdón, y en última instancia, de redención, eludiendo, como no podría ser de otra manera (tratándose de alguien tan inteligente como Allen) cualquier juicio o condena. Se limita simplemente a narrar las tremendas secuelas que deja en el alma el pecado (sí, el pecado), por muchas capas de maquillaje que queramos echarle encima.

    Siempre me ha parecido que "Otra mujer" es de los mejores alegatos antiabortistas que he conocido en mi vida. Vale más que muchos discursos.

    ResponderEliminar
  3. Gracias a los dos, me he acordado esta mañana de vosotros, de cada uno en lo que os preocupa/ilusiona. Verónica, muy bien traído el ejemplo para esta entrada: es una gran película, al menos tal como la recuerdo.

    ResponderEliminar
  4. Qué tristeza de poema: esa bandeja plateada como la de los cuadros de San Juan bautista degollado.

    ResponderEliminar
  5. Esa imagen, CRM, no la habrá buscado conscientemente Bonilla, pero ahí está. Bien vista.

    ResponderEliminar

Vamos a contar mentiras

Cuando escribí sobre Sólo hechos , el último volumen de los Diarios de Andrés Trapiello, no quise entrar a algo que cuenta de una cena en Va...