martes, 27 de octubre de 2026

Manzanas

Este fin de semana en Burgos había muchas manzanas en la cocina, todas de distintos regalos de hortelanos amigos. Estaban en una caja, en cestos, también en fila encima del frigorífico. De pequeños teníamos manzanas formando una cenefa por el borde de los armarios.

Hay una bienal de arte por la ciudad (no soy muy partidario). Estaba abierta una capilla que no conocíamos, en la antigua iglesia de san Francisco, con retablos reguleras y en medio una ucraniana artista había puesto un órgano con los tubos rotos, con el transparente símbolo de la guerra de los rusos contra ellos. Vimos también un babel de sillas en equilibrio inestable en la Llana, enfrente del exterior de la capilla del Condestable, que hay que tener audacia para atreverse a equipararse. En mi antiguo instituto, en la antigua capilla, habían puesto unos ordenadores con videojuegos, supongo que vanguardistas. Eva me animó a que subiéramos al castillo, que no estaba lejos, pero no quise, por la cuesta: han puesto una estructura que lo rememoraba a base de un esqueleto metálico.

En el camino a Burgos vi tractores arando. Con ver un poco de campo cada dos meses, me basta.

Derrota sin paliativos al parchís, con resultado abultado a favor de mis hermanas. Dos veces estuvimos a un 1 de ganar, pero no.

Fuimos a la Plaza de Abastos de la zona sur y había un puesto donde vendían pollos a una velocidad pasmosa: pechugas, pollos enteros, alas, patas: asombroso. Luego, haciendo recados por el medio, llegamos a la Plaza de Abastos de la Plaza de España y en un puesto monográfico de morcillas compramos una: nos debimos confundir o se confundió la señora, porque resultó, cuando nos la comimos, que tenía pimentón. Nunca la había probado así: estaba buena.

Mi madre me hizo alubias pintas y otro día lentejas, mis caprichos. Eva hizo postres de manzana. Comimos compota de manzana, Marga ordenó las cajas de manzanas. Todo manzanas. Muy buenas.

Nos reímos mucho a cuenta de una discusión sin salida, sobre cuestiones referidas a morcillas y sus tipos y dónde las vendían. También me hizo mucha gracia una revista de un grupo literario, de gran entusiasmo y nula inspiración. Leí un cuento de una gallega despechada que le mandaba unas botellas de Albariño envenenadas de arsénico al narrador, presunto burgalés (aunque no se explicitaba), que la dejó tirada a pesar de haberle prometido matrimonio. Cómo son las gallegas, hay que ver.

Ya que no vi el castillo, pongo una foto, con la estructura metálica delante que han hecho para recuperar los volúmenes

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