jueves, 3 de septiembre de 2026

Un paseo a Bellevue

Metiéndome por calles laterales llegué pronto al final por arriba del barrio de Östermalm, donde viví esos días. Justo ahí había una entrada al gran parque que recorre Estocolmo, desde el mar hasta arriba. Era una esquina llamada Bellevue, bonita, con árboles que me impresionaban, de tan cuidados y armoniosos, quizá hasta centenarios. Por allí había un lago o podía ser el mar, con embarcaderos. Transpiraba todo de una gran serenidad: puede que dentro de casa los suecos se tiren los trastos a la cabeza, pero los parques como ese son un atisbo de un cielo pleno de armonía. 

En medio estaba el taller de Carl Eldh, un escultor. Yo vi que justo al pasar lo abrían para visitas e, ingenuo de mí, pensé que sería gratis: qué va, 14 euros por ver una casita con su lugar de trabajo y unas copias en yeso. No sé si lo pagaría por el taller de Rodin (por el de Donatello sí), pero el del pobre Eldh ahí se quedó, en las uñas de mi roñosería, no visto por mis ojos, que se comerá la tierra.

Pero mirad los espacios de por allí:



A la vuelta me fijé en las vistas de Estocolmo desde uno de esos mogotes que hay desperdigados por esa llanura que es casi toda la ciudad de Estocolmo. Aquí había un depósito de agua con forma de castillo y desde el se veía el rascacielos de Koolhaas, del que ya hablaré:

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