Mi teoría poética en la actualidad se podría formular así: Corea no, Noruega sí. En buena parte es por culpa de aquel libro horrible de Han Kang, pero también de las películas coreanas que he visto, del pop coreano, de todo producto presuntamente cultural que facturan: de todo lo de Corea me alejo. temeroso.
En cambio Noruega, no sé qué me pasa que todo lo de Noruega me interesa: Fosse, Knausgård, la película Valor sentimental. Si alguien de Noruega con dinero me lee, estaría encantado de visitar el país y continuar con mis loas en conferencias bien pagadas y con visitas a los fiordos.
Alguien me habló de los libros de Nina Lykke y probé con Estado del malestar, que es un excelente título para lo que cuenta esta novela, esa incomodidad que se ha adueñado de nuestro mundo contemporáneo tan del estado del bienestar, con todo previsto y todo regulado y las angustias y temores aplacados, cuando no suprimidos.
La protagonista, que hay que ir recordando durante la lectura que es un personaje y no la propia autora haciendo un diario, de lo natural que le sale todo y lo fácilmente que se lee lo que cuenta, es médico de atención primaria: por su consulta pasa un panorama de esa sociedad opulenta que no es feliz. La propia médico no lo es: el vino, las series, le sirven para capear unas carencias emocionales y un sinsentido vital que descubrimos que tienen profundas raíces en su madre soltera ausente y fría. A lo más que puede aspirar es a reconfigurar a lo gatopardo la situación para que todo cambie y todo siga igual de mal (o de bien): lo económico y la vivienda asegurados, la comida y los deseos cumplidos, la insatisfacción siempre presente. Y en el horizonte, la muerte. Es un libro de un nihilismo desolador. Yo me he reído unas cuantas veces, porque tiene humor, pero a la vez es una novela bien triste. El punto más bajo, para mí, es una paciente que exige un aborto porque le viene mal el embarazo justo en ese momento, que va a hacer un viaje en el Transiberiano. Así, todo.
Se me ocurría, por decir una tontería, que es Un mundo feliz de Huxley, pero de la vida cotidiana en la actualidad en Noruega. Es terrible porque es lo que vivimos, no en Noruega solo, aquí mismo. Eso es lo que nos ofrecen, un Estado del bienestar en el que lidiamos con nuestro malestar, que no tiene horizontes por encima del ombligo.

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