Yo estaba más bien con los qué importa y para qué tanto. Volvía justo ayer de Estocolmo y caí en la cuenta de que me iba a pillar en el avión de Madrid a Santiago: bueno, no lo veré o no sé qué veré, pero mejor no mirar, no me vaya a quedar ciego.
El avión a Santiago es ahora un avioncito de Air Nostrum. No esperaba nada, salvo llegar con bien, pero resultó que nos regalaron unas gafas para mirar el eclipse, a diferencia del vuelo de Iberia de cuatro horas de Estocolmo a Madrid, donde no nos dieron ni agua.
Lo del eclipse lo comenté con la señora sentada al lado, que resultó ser una argentina encantadora que se acababa de quitar el abrigo al sentarse, porque había pasado en cinco minutos, los que recorrió fuera del aire acondicionado del aeropuerto, del invierno bonaerense a un verano sahariano. Los dos no nos atrevíamos a mirar, pero por la ventanilla yo acabé echando una mirada y se veía el sol con un trozo menos; seguí y así continuaba. Nos lo fuimos contando, lo que íbamos viendo. Yo miré por la ventanilla de delante y era el círculo completo: me dio mucha alegría verlo. Caí en la cuenta de que doy por supuestos el sol, al que llevo desde junio acusando de caluroso, y la luna, a la que ni me digno mirar. Me dio mucha alegría estar en el mundo, entre la creación. Luego me acordé del God's World, de Edna St. Vincent Millay, que nunca viene mal citar.
Al llegar a ese momento del eclipse total, como que el mundo se cubrió de oscuridad durante un minuto: luego volvimos a la luz de un día cálido de verano en que anochece tardísimo todavía en Santiago. Pregunté al llegar y habían visto el eclipse, pero no eran muy conscientes de esa noche repentina: quizá era desde arriba desde donde se notaba más. La luna debió taparnos toda la luz a esas alturas del vuelo aéreo.
Luego se acercó un señor que había llevado una cámara con un objetivo de un metro por lo menos y resultó que le habían dado permiso y había documentado todo desde el avión. Me preguntó que si quería contestar a unas preguntas y me grabó contando mis sorprendidas reacciones de entusiasmo sobrevenido. En alguna de las redes sociales apareceré, balbuceando en inglés. Casi mejor no verme.
Los días en Estocolmo han sido estupendos. Tengo mucho que contar: lo haré en septiembre. Me asomaba aquí solamente a saludar.
Hice fotos a ver qué salía y me salió esto, que no es lo que esperaba:


Bienvenido..Te echaba de menos. Yo no estaba demasiado interesado en el eclipse. Mandé a una de mis hijas aún sitio en el que regalaban gafas. Llegó y como no quedaban la criatura, en su afán de complacerme, se fue a una óptica y compró unas para cada uno de los seis que estamos en casa, a cuatro euros cada una. Qué dolor.veinticuatro eurazos que he pagado yo. No tuve valor para echarle a la niña la bronca y , hecho el gasto , no me quedó otra que ver el dichoso eclipse. Menos mal que en menos de un año tenemos otro en Málaga.
ResponderEliminarBueno, dos euros por eclipse, es otra manera de verlo. Gracias por el comentario
EliminarDonde yo estaba- trabajando me tocó- había nubes y no se vio nada, pero sí se apreció el rápido oscurecimiento. Yo estaba mirando el cielo y literalmente te dabas cuenta de que cada segundo estaba más oscuro que el anterior. Una sensación rara.
ResponderEliminarYo tenía el recuerdo de uno parcial que hubo hace unos 20 años- era por mediodía o así. Recuerdo que me impresionó cómo se oscureció el cielo y cómo bajó bastante la temperatura. Este me dejó un recuerdo más vívido siendo menos 'espectacular'.
Saludos.
Debieron de ser los que estaban conmigo los que no se dieron cuenta del oscurecimiento del día, quizá porque llevaban las gafas puestas
Eliminar