De la Vida de Cristo de fray Justo Pérez de Urbel, el episodio de la resurrección de la hija de Jairo:
En medio de un estallido de risas burlonas, el taumaturgo llama a los más íntimos de sus discípulos, a Pedro, Juan y Santiago y, con ellos y los padres de la difunta, entran en la cámara mortuoria. Tendida en el lecho yace la niña, bella todavía, con la blancura del lirio en la frente y los ojos de violeta marchita. Jesús se acerca, se inclina, toma en sus manos divinas una de aquellas manos de nieve y cera, y pronuncia estas dos palabras, que el intérprete de la catequesis de Pedro nos ha conservado en su mismo sonido aramaico: «Thalita, kumi.» (Niña, levántate). Y la niña se despertó, miró en torno suyo sonriente, dejó de un lado el lecho de la muerte y empezó a correr a través de la habitación, alegre y feliz, como quien, a los doce años, ha roto las cadenas del sepulcro. Sus padres quedaron fuera de sí, termina el evangelista; pero El les ordenó que no dijesen a nadie lo que había sucedido (225).
La imagen, de Alfred Dehodencq, de aquí.
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