En realidad, como todo últimamente, en realidad estoy releyendo la Vida de Cristo escrita por fray Justo Pérez de Urbel, insigne burgalés. Me gustó ya mucho entonces y me está gustando ahora: es un realato vivo, es muy evocadora, describe muy bien. Pongo aquí un retrato de trazos fuertes de Juan el Bautista, que yo creo que le hubiera gustado a Flannery O'Connor:
Y un día el solitario apareció en el valle de Jericó (...), Grave, austero, medio desnudo, transfigurado por la penitencia, quemadas las carnes por el sol del desierto, abrasada el alma por el deseo del reino, sus pupilas relampaguean, su larga cabellera flota por la espalda, espesa barba le cubre el rostro, y de su boca brotan palabras punzantes e inflamadas. Trae a la vez esperanzas y anatemas, consuelos y terrores. Su ademán avasalla, su presencia impone, su austeridad espanta, y una fuerza magnética se desprende de sus ojos. Ante el acento de aquella voz, Israel se conmueve, y sale en busca del último de los profetas. Juan recibe a las gentes a las orillas del río, y empieza a cumplir su misión de precursor. Fulmina, exhorta, consuela, bautiza. Áspero e iracundo, ni sonríe ni acaricia; habla un lenguaje recio, en el que centellean vivas imágenes, arrancadas al mundo del hogar o a la naturaleza del desierto (93).

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