miércoles, 22 de abril de 2026

La visión de la Odisea de Aida Míguez Barciela

Me había dejado tan buen sabor de boca su libro sobre la Ilíada, que me he leído La visión de la Odisea, y lo he disfrutado mucho también. 

Tiene las virtudes del otro, sobre todo una lectura muy detenida y penetrante del texto. Si a alguien le parece un elogio pequeño, en mi intención es el mayor que puedo hacer. En este libro la autora nos va llevando por el texto, fijándose en lo que considera decisivo, haciendo traducciones muy pegadas a la literalidad de lo que Homero dejó.

Me resulta también muy interesante su defensa constante de Homero como autor valioso. Frente a los clichés que intentan rebajar su importancia, por ejemplo las repeticiones entendidas como rasgos de oralidad mecánica, ella defiende siempre, incluso quizá en exceso, al autor Homero, sin entrar en cuestiones sobre su nombre, la autoría conjunta de las dos obras o los rastros de oralidad, que suelen usarse como argumentos en su contra.

Me ha gustado mucho su exposición pormenorizada de los procesos de reconocimiento en la segunda parte de la Odisea. Hay también detalles que me han llamado la atención: por ejemplo el episodio del perro Argos lo caracteriza como expresión de la ruina en la que se encuentra el patrimonio de Ulises, cuando yo siempre lo había visto como un episodio conmovedor y emotivo: sigo pensando que es así, pero ese componente de expresión del desmoronamiento del patrimonio también hay que tenerlo en cuenta.

El final de la Odisea lo deja ella abierto: Ulises se define por el errar, por el estar siempre errante, a su pesar. Quizá pueda poner yo aquí un párrafo que resume bien todo y es un ejemplo interesante del modo de escribir de la autora:

Odiseo no vuelve a Ítaca para vivir feliz, sino para despedirse y partir de nuevo. Por lo demás, el término del viaje está afectado por una incertidumbre deliberada (el enigma del anuncio de Tiresias es deliberado). Odiseo se queda ánostos-anéstios; se queda en la plagktosýne: en el errar, deambular, peregrinar; se siega la hierba bajo los pies; se queda en el aire: en la incompletitud, en la indefinición, en la ausencia de medida, de morada, en el seguir y seguir sin encontrar nunca un final (Zeus lanza su rayo ardiente; Atena evita una masacre desenfrenada: 539-544). Es cierto: Odiseo no es el Ulysses de Tennyson, viajero incansable que no quiere detenerse (I cannot rest from travel); Odiseo jamás podría decir: how dull is to pause, to make an end; viajar no es en Homero perseguir un horizonte que huye una y otra vez a medida que uno avanza; la despedida es para Odiseo imposición, no inclinación; el viajar sin pausa es ruina, no deseo; Ulysses no siente en absoluto la miseria del viaje a través de lo inhóspito sencillamente porque todo es ya para él inhóspito; porque no hay casa, no hay arraigo, todo es desarraigo; y sin embargo, el personaje de Tennyson tal vez no sería posible sin haber pasado antes por esta ruina de Odiseo, que es sabio porque pierde la morada y pierde la morada porque es sabio (253-254).


En Researchgate tenéis las primeras páginas en pdf, puestas en línea por la autora. Si os gustan, lanzaos a leer el libro. Cita palabras en griego, pero si tenéis un conocimiento más o menos adecuado de la Odisea, lo entenderéis todo, y con mucho provecho.

2 comentarios:

  1. Me picó la curiosidad y estuve leyendo la profecía de Tiresias y el final, efectivamente, abierto. De ahí parece que se desprende que a Ulises le espera otro viaje, esta vez tierra adentro. Vamos, una segunda Odisea antes de poder volver a casa, disfrutar de su vejez y morir tranquilo. Tardé un poco hasta ver realmente lo que es el "athereloigón", el "aventador" de la traducción de Segalá.

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    1. Yo en clase explicaba que el viaje al mundo de los muertos (que, por cierto, estamos traduciendo ahora en clase) era para saber de Tiresias a qué dios calmar: es Poseidón, yendo tierra adentro, para ampliar su ámbito de culto donde no lo recibía. Después de eso, yo quería suponer que, en paz con los dioses, Ulises volvía por fin a Ítaca, donde todo sería paz. Quizá peco de demasiado optimista, o de querer un final de reposo, o de pensar que pasa lo que me gustaría que pasase.
      Lo que está claro es que el estropicio que hace Ulises a su vuelta a Ítaca no se soluciona con una batallita en el último canto de la Odisea. Hay tela que cortar ahí.
      Lo que dice Aida Míguez es que Ulises nunca encuentra el reposo, que está en su esencia (o en la esencia humana, añado yo) ser el siempre errante. No lo dice ella, pero en la tradición cíclica Ulises sigue viajando y muere de forma violenta.

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