Esta entrada de José María Souvirón del 19 de septiembre de 1965 (Diario III, 358-359) me ha impresionado, porque explica muy bien la tentación de la soberbia:
Terrible fuerza la de la soberbia que nos ha dejado el pecado original, aumentada por nuestros pecados «personales». Pero, sobre todo, terrible ejercicio el del demonio para inducirnos a la desesperación mediante la tentación de soberbia. Mucho me hace padecer esta tentación y mucho me confunde. Yo, que creo haber «superado» la vanidad mundana -y que, gracias al Señor, no es esta la peor de mis tentaciones ya-, me encuentro con frecuencia sometido a esa estúpida, imbécil, pero dolorosa tentación de la soberbia, que es peor. Cuando rezo el «Yo pecador y digo «por mi culpa, por mi grandísima culpa», el demonio me dice: «No será tanta tu culpa. Las circunstancias, la debilidad, la falta de ayuda...». Cuando en la misa digo con el sacerdote: «En espíritu de humildad y con ánimo contrito», el demonio me quiere hacer ver que no tengo por qué tener ese espíritu ni ese ánimo. Es la tentación que pretende fijarme en la inocencia mentirosa, como si no fuese mi culpa la que tengo que reconocer. La lucha en este sentido es dura, porque me falta humildad y porque el Malo intenta decirme que no la necesito. A veces, es un esfuerzo tremendo el que tengo que hacer para darme cuenta de mi miseria. ¡Parece mentira! Solo una iluminación de amor —que me llega, Dios mío, con lucha— me permite reconocer que soy un pecador, un miserable pecador, tanto más miserable cuanto mayor ayuda se me ha dado. Porque el pecado del que recibe tanta misericordia es peor que el de aquel que no se sabe ayudado. Pero el Señor es cariñoso y me ayuda, a la postre, a reconocer mi pequeñez. Dureza del corazón humano (y particularmente del mío, tan socorrido) para caer por tierra en señal de inenarrable gratitud. ¡Cómo se resiste!
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