martes, 1 de junio de 2021

Quasi una fantasia, de Andrés Trapiello - 2 - Viajes

En el prólogo dice Andrés Trapiello que, en plena pandemia, vemos como un lujo esas cosas que antes podíamos hacer sin darles mucho importancia. En Quasi una fantasía hay unos cuantos viajes.

Lo que más envidia me dio fueron los que hace a Francia. Va a Toulouse. En el Ayuntamiento se detienen a ver un cuadro de Henri Martin, en la línea de Seurat, Los paseantes:


Está dos veces en Paris: allí se codea con algunos de la RAE de allí. Yo los busqué en Google y casi ninguno de los inmortales me sonaba, en concreto solamente seis, y no he leído a ninguno de ellos: menuda inmortalidad que no pasa de Hendaya. En eso se ve bien lo de que los nombres que va citando, con iniciales o con X, no importan tanto en realidad, si lo ves con esa perspectiva distanciada, y mira que él se ha hartado veces de explicarlo.

Un viaje a Lugo le da para describir muy bien la Galicia interior, las carreteras umbrías, el fresco. Hay unos pulpeiros en una boda, cociendo y cortando pulpo, muy bien descritos.

De un viaje por Navarra es esto:

Estamos en Estella. Dejamos hace una hora a nuestros amigos en su pueblo. Le viene el nombre, Olleta, de ser como una olla pequeña, en el fondo de un valle. Qué árboles tan grandes. Acostumbrados a los de Extremadura, de porte rifeño, aquellos parecían todos doctorados en Oxford. Qué chopos, qué conciertos los de sus sonajas. El viento incansable se encargaba de moverlas, como las de una pandereta. El valle, angosto, se cierra aún más por la abundancia de unos nogales centenarios que meten debajo de sus ramas las casa como haría una gallina clueca (350).

Por cierto que antes había hecho una grandísima caracterización de lo «aberchale» en Vitoria. Es también muy gracioso cómo describe el modo que tienen los vitorianos de usar la palabra «igual» (70). Luego, en Navarra, también se fija en esos «si estaríamos...» (352) que también dicen en Burgos.

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