lunes, 25 de mayo de 2020

Enfermeras en la UCI - 6

De las enfermeras más jóvenes me acuerdo de María, que venía de Rianxo y trabajaba siete días al mes. Estaba contenta, así, aunque a tiempo parcial, porque había muchas compañeras suyas en el paro. Como muchas otras enfermeras jóvenes, se preocupaba mucho de que la vía que tenía yo en el brazo no se despegara, gran problema, porque con toda mi pelambrera del brazo, nada se sujetaba más de un rato. Hasta que otra, joven, tomó medidas drásticas: me afeitó por la muñeca (sigo con un claro de bosque ahí). Yo en el fondo me alegraba, porque no quería que tuviesen que tentar otra vez por la vena, a base de golpecitos contundentes, muy molestos, mientras se quejaban de la dureza de mi piel. Para evitar el mal, ponían una especie de tirita gigante muy compleja, con varias capas y una ranura o agujero para el tubito ese que a veces tenía sangre. Pero quizá mejor no sigo por aquí. María hablaba un gallego muy natural, muy sin esfuerzo, ese que no usan los urbanitas, por muy reconvertidos que se hayan vuelto, como les pasa a algunos alumnos míos por segundo o tercero de carrera. Le conté que había estado en la capilla de Guadalupe, la Rianxeira, el año pasado. Me dijo que había una vista muy bonita, en A Muralla, menos alta que el monte de la Curota, pero espectacular. He buscado y vaya, sí que es impresionante.
Había otras dos jóvenes que recuerdo, una del turno de noche que vi luego, a las seis de la mañana, gracias a una buena noche que pasé dormido, como una bola verde, porque verde tenía la redecilla del pelo y también verde la mascarilla verde; estuvo una noche y solo me acuerdo de ese borrón verde. La tengo asociada a otro momento de despiste, de los típicos en esos primeros momentos postsedación: me desperté pensando que se había muerto la señora de al lado, doña Teresa (y no, que luego hasta salió de la UCI también) y que era la suegra de un amigo mío que vive en Madrid. Resultaba que eran todos hinduístas y hacía el funeral justo frente a mi cama, con unas luces que luego descubrí que en realidad eran de las rendijas de unas persianas que había enfrente. Era todo muy raro, como que era una especie de sueño.
Otra enfermera más me vino a la memoria: simplemente me acordé de que contó que empezó Veterinaria y que lo dejó. Me llamaba la atención porque se atrevía a contradecir la opinión dominante del coro de enfermeras.
La última que recuerdo es Raquel, a la que asocio con la palabra «sororidad», aunque quizá también en eso todo sea un puro desparrame mental mío. Lo que sí sé con certeza es que Raquel buscó un teléfono para que yo pudiera hablar con mi madre. Se empeñó, consiguió que mis hermanas contestaran a aquel número raro que les aparecía y al final pude decirle a ellas y a mi madre, con una voz que resultó aceptable después de dos intubaciones y dos extubaciones, que las quería muchísimo, seis días después de haber desaparecido del mundo de los conscientes.

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