lunes, 26 de junio de 2017

Sevilla 1

Hoy me he levantado cansado, justo lo contrario de estos otros días de tan poco dormir en Sevilla. Contribuye, además del efecto anticlimático de la vuelta a la rutina, el dulce narcótico del fresquito de Santiago, ese aire acondicionado que Dios nos da aquí.

En Sevilla ha sido todo excelente y el calor hasta me importó poco, aunque bien que me metía yo por la sombra y reclamaba a la mínima refugios climatizados. Por eso tenía que haber un punto negro y ese fue el viaje, cortesía de Ryanair, que ha transformado el capitalismo salvaje en «cutrecapitalismo inquietante»: cuando empiezas a pensar que ya no son tan canallas y que no dan ya tanto la brasa con los sorteos de tarjetas de rascar, se les ocurre algo nuevo, ahora obligar a dejar en unos troles junto al avión las mini-maletas que llevamos todos ahora «gracias» a su cutrepolítica de recorte de costes. Al llegar a Sevilla tuve que esperar un cuarto de hora para recoger la mía, con lo que hice esperar a Ignacio, que, un prodigio de amabilidad, había venido a buscarme (y eso que no nos conocíamos).

Exorcizado Ryanair, ese demonio irlandés que se autotransmuta, ya lo que había delante era Sevilla: primero las adelfas, luego los colores: el albero, los azules desvaídos siglo XVIII. Desde el coche, dimos un paseo inicial que me sirvió de aperitivo de lo porvenir.

Quedamos con Enrique, saludamos a Abel, pasamos por un antiguo convento, ahora club decimonónico. Como el ladrillo es tan escaso en Galicia, me llamó más la atención el uso tan fino que hace de él para portadas y patios como este:



Entramos en la iglesia del Salvador y ahí me di con el barroco de retablos del siglo XVIII (que no me resultaron tan distintos de los de Simón Rodríguez de aquí):



Había tallas de Martínez Montañés y una custodia sobre unas andas de platas majestuosas. Vimos todo esto con la música de fondo de un coro rociero que cantaba en Misa en ese momento. El patio, antes de mezquita, era una maravilla de armonía y frescura:



Nos dimos prisa de llegar a una lectura poética de Alfredo Félix-Díaz, pero de camino estaba este patio tan elegante, discreto y poco pretencioso:



En la lectura poética estaban ocupadas todas las sillas, así que nos sentamos en una mesa:


El acto estuvo muy bien: los comentarios de los introductores, que pudimos luego criticar a gusto, la guitarra de como flamenco moderno que tocaba excelentemente uno que resultó ser holandés y la lectura por parte de Alfredo de sus poemas, tan sugerente. Ahí leyó uno sobre Flannery que me sirvió de introducción al Congreso del día siguiente.

Cenamos en la plaza, a una temperatura relativamente cálida pero muy dulce. Comí por primera vez rabo de toro, que uno está muy poco viajado y a poco que salga, todo le resulta nuevo.

Redondeamos la noche en una terraza con la Giralda enfrente: lo más bonito de entonces lo cuenta Enrique. Ahora no consigo recordar casi de qué hablamos, pero mucho debimos de hablar, cuando acabamos a las dos, con una brisa suave hasta para Sevilla.



Qué cariño le he cogido a la Giralda. [La foto, con los mojitos en primer plano, es de Ignacio]

2 comentarios:

  1. Me quedo con un detalle, impagable:

    "...los comentarios de los introductores, que pudimos luego criticar a gusto"

    Y me ha gustado mucho la descripción del día, y espero con ganas lo referente al congreso.

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  2. Lo del cariño a la Giralda me lo imagino asociado a los mojitos

    No sé por qué

    Preciosa la crónica de la primera jornada

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