jueves, 28 de enero de 2016

Poner los ojos en un gusanillo

San Juan de Ávila en un sermón a las monjas del monasterio de la Cruz de Zafra:
Dice san Juan: Deus caritas est. Y el griego dice: hoc est dilectio «Dios es amor». ¿Pues quién podrá dejar de amar al que esencialmente es amor? ¿Quién no amará a Dios, que le ama? ¿Cómo, que un Dios hermosísimo, sapientísimo, infinito, ponga sus ojos sobre un gusanillo, [y este] los quite de Él y los ponga en otro? Estamos tan enfrascados y embebidos en las miserias y nonadas del mundo, que por eso no entendemos.
Este es grande amor, que, si mirásemos, todas las cosas nos dicen que amemos a Dios, y ansí decía San Agustín: Omnia, Domine, clamant ut amem te [Conf. 1.10]. ¿Habéis oído este cantar? Todas las cosas, Señor, dan voces que te quieran bien a ti, porque todas ellas son testigos de quien tú eres y de dádivas que nos das. ¿Sabéis qué es el pan que os harta? Testigo de la hartura que hay en Dios. ¿Sabéis qué es el refresco que os deleita? Testigo de la frescura y deleite que hay en Dios. Testigos son todas las cosas que Dios nos da de lo mucho que hay en Él, y todas son como una candelica en comparación con la claridad del sol.
Dos cosas nos da a entender Dios en sus dones: una, que son señales de sus perficiones, y otra, del amor que nos tiene; porque quien algo nos da, señal es que nos ama. Si alguno nos enviase un presente, malcriado seríades si no le volviésedes siquiera el plato. Todo lo que tenemos son presentes que nos invía Dios, y el plato en que nos lo invía es el amor; pues tornad el presente y volvedle el plato, que es el amor, que en ninguna cosa quiere que le paguemos en la misma moneda si no es en esta; y pues nos da amor, paguémosle con amor. ¿A qué propósito «El que quisiere venir en pos de mí»? Que quiere Dios que por amor le sigamos, y no costreñidos (OC 1.892-3).

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