miércoles, 28 de octubre de 2015

Huertitos

Estamos disfrutando de la prosa de Tucídides en clase (y sufriendo a la vez). Ahora hemos llegado al último discurso de Pericles, donde les pone las pilas a los atenienses, que a sus espaldas habían estado negociando vergonzosamente con los espartanos; se les hacía muy duro llevar dos años viendo, encerrados en los muros de Atenas, sus casas abandonadas y sus tierras metódicamente devastadas (y encima la peste, que mató a más de un tercio de la población). Él les recuerda que nadie -ni siquiera los persas- les tose en el dominio marítimo. Si perseveran en la defensa de la libertad, recuperarán de vuelta también hasta eso que parece que han perdido. Pero con la esclavitud, hasta lo que se tiene acaba siendo menos propio:

Es evidente que esta potencia [naval] vuestra nada tiene que ver con el disfrute de las casas y las tierras, a cuya privación dais una gran importancia; y no es razonable que os disgustéis por ellas; debéis más bien considerarlas, en comparación con esta potencia [naval] un jardín de recreo y un lujo de rico, y darles escasa importancia, y tener en cuenta además que la libertad, si nos ocupamos de ella y conseguimos conservarla, reparará fácilmente estas pérdidas, mientras que quienes se someten a otros suelen ver disminuidas, asimismo, las posesiones que tenían (traducción de Juan José Torres Esbarranch en Gredos).

οὐδ’ εἰκὸς χαλεπῶς φέρειν αὐτῶν μᾶλλον ἢ οὐ κηπίον καὶ ἐγκαλλώπισμα πλούτου πρὸς ταύτην νομίσαντας ὀλιγωρῆσαι (2.62).

Lo que traduce por 'jardín de recreo' es literalmente un κηπίον, diminutivo de κῆπος: jardincito, huertecilla. En su inmensamente erudito comentario (1.336) Hornblower señala que es la única mención en todo Tucídides a jardines. Lo atribuye a que no tenía mucho «sentido visual».

Pero acordaos de la Vida retirada de fray Luis:

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

(...)

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.

Ayer en la Misa se leía esa comparación del reino de los cielos con un grano de mostaza, que un hombre lanzó a su huerto (ἔβαλεν εἰς κῆπον ἑαυτοῦ) y creció y se hizo árbol y las aves del cielo acamparon en sus ramas (κατεσκήνωσεν ἐν τοῖς κλάδοις αὐτοῦ).

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