lunes, 1 de diciembre de 2014

Unas horas en Coruña (1)

Yo siempre entro cohibido en la capital de la provincia: tan grande se me hace la Avenida de Alfonso Molina, con tantos carriles y tantos y tan brutales edificios apelotonados (y esta vez pensé además: «tengo una mina aquí; y voy a fijarme en el brutalismo de Zagreb»).
Acabadas las clases a las que iba, aproveché para ir a conocer el Museo Arqueológico, que está en el Castillo de San Antón, una ex-isla con estas increíbles vistas a los barcos y las grúas (el amontonamiento de edificios detrás hasta sirve de cortinaje):



La parte de arriba de historia moderna no era muy allá: batallas contra los ingleses y los franceses, unas banderas, una capilla pobrecilla con amontonamiento de santiños malejos y joyas de la Virgen del Rosario (y como les parecía poco, engendros recientes de sentimentalismo religioso para redondear). Mejor era la parte de prehistoria y arqueología, con cosas curiosas de los castros (unos cuantos torques de oro, un casco), algunas lápidas romanas (y entre ellas, algunas de indígenas más o menos romanizados) y también restos medievales, especialmente del convento de los franciscanos:





Me gustó ver de cerca el jabalí de los Andrade, familia que sustituía en sus territorios al cordero, símbolo del Señor inmolado que remata tantas iglesias románicas del resto de Galicia, por su animal heráldico: y a los iconógrafos, que les den. Siempre es posible empeorar:

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