lunes, 12 de mayo de 2014

Leo a Azorín

Como dice A. T., hay autores que leemos por ósmosis. Yo creía que me pasaba eso con Azorín. Pero el hecho triste es que, fuera de comentarios de textos, páginas escogidas y similares, casi no lo conocía en realidad.

Las confesiones de un pequeño filósofo me han gustado mucho. Es un libro pequeño, de recuerdos infantiles en Yecla, en un mínimo marco ficcional. Una finura grande en todo.

Luego su trasfondo, como en Baroja, Unamuno, Machado, JRJ (todos tan grandes)  acaba resultando limitado. Aquí ¿cuáles acaban siendo las confesiones de ese filósofo pequeño? Pues un poco de panteísmo, un cierto aire a Nietzsche, mirar el cristianismo con simpatía, pero en cuanto pasado, una atención a lo pre-cristiano que no deja de sorprenderme: aquí unas excavaciones -la misteriosa Elo- las magnifica como algo telúrico fundamental y que explicaría la raza, el carácter y el ser de España.

Pero qué bien escribe cuando se olvida de todo eso. Me impresionó encontrarme estos dos adjetivos, por ejemplo: «la fronda adusta y cenicienta de los olivos» (40). O palabras llenas de fuerza en cuanto viejas: relejes (56), cenceño (65), por más que yo me canse pronto de ese palabrismo arqueológico que da para que los filólogos se luzcan en las notas a pie de las ediciones.

Y en esa línea arqueológica, me impresionó encontrarme algo que recordaba de Castro de pequeño:
«de cuando en cuando discurre por las calles un hombre triste que hace tintinear una campanilla, y nos anuncia que un convecino nuestro acaba de morirse». (71)
O que cuente que hay geranios en latas de conserva (100) o que se acuerde de un tío suyo al que define con una frase («estos hombres buenos y escépticos son terriblemente sensuales») y lo pinta sorbiendo con delectación el tuétano del hueso: «y yo lo veo, con su cara redonda y su papada, cómo rosiga [= roe] y sorbe los huesos, cómo los golpea contra el plato para que suelten la blanca médula (100-101)».

Vaya, me estoy poniendo arqueólogico yo también. Voy a acabar buscando recuerdos de infancia y nombres que me la recuerden en escritores así.

Y qué suerte tengo de poder leer ahora todo lo que creía que tenía sabido de Azorín.

5 comentarios:

  1. Lo he leído, por una vez, antes que tú, y me gustó mucho. Tan simple que parece todo y tan bien escrito, hasta donde yo alcanzo a ver.

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  2. Es mucho Azorín. Y un poco injusto lo de "escritores así"; uno no diría eso refiriéndose a Cervantes, o siquiera a Machado. Azorín puede gustar más o menos; pero es completamente personal. No sé si sabes que Vargas Llosa le dedicó su discurso de ingreso en la RAE. Por si quieres echarle un vistazo, pongo aquí un enlace: http://elpais.com/diario/1996/01/16/cultura/821746801_850215.html

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  3. Yo sé poco de Azorín, pero no quiero meterle en un saco porque preveo que va a ser uno de mis escritores más queridos. Lo que no quiero es leerlo solo en cuanto arqueología. Ya iré contando a medida que avance por sus libros.

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  4. Azorín es una maravilla, Ángel. Es uno de mis escritores preferidos. Siempre vuelvo a él y con él he pasado de los mejores momentos de mi vida. Que deleite en sus descripciones, tan morosas, tan finas... Qué verdad íntima en todo lo que escribe. Un genio, un maestro.

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  5. Azorín fue, además, un precursor de los estudios sobre la vida cotidiana en el pasado. Lo que la Escuela de los Annales presentó como una novedad, él lo había descubierto ya - en cierto modo- a finales del XIX: el suelo de las posadas, los palabras olvidadas, las puertas de cuarterones, las varas de los arrieros, los cielos absolutos de Castilla, los velatorios, los caciques, los mendigos, los hidalgos hastiados, los perros con mataduras, los cementerios arruinados, los cipreses y las hierbas del monte. Todo está en Azorín. No fue justo Ortega cuando decía que escribía sobre primores de lo vulgar. En fin,
    bendita sea su obra.

    Saludos.

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