lunes, 2 de diciembre de 2013

Semblanzas ideales, Julio Caro Baroja

El libro lo recomendaba Andrés Trapiello y qué más quería yo para poder en lo posible repetir la buena experiencia que tuve con Los Baroja, aquellas memorias familiares.
Y estas Semblanzas Ideales de Julio Caro Baroja sobre figuras bien interesantes de la primera mitad del XX las he disfrutado mucho, yo creo que hasta más: están escritas admirablemente: mesura, ritmo, serenidad (aunque no es muy objetivo con sus Barojas y también puede tener mala leche); un libro de prosa excepcional.

Yo, si tuviera que dar un curso sobre historia/literatura española del siglo XX, comentaría este texto tan bueno sobre Ciro Bayo, y tan ilustrativo de tantas cosas:
A veces, yo al oírle en el patio, bajaba. Siempre me proponía lo mismo: ir a ver «la parada» en la plaza de la Armería. No deseaba otra cosa. Pero había que pedir permiso a mi madre, y mi madre, amiga de pedagogos y pedagogas, con María de Maeztu a la cabeza, no era muy partidaria de don Ciro como preceptor o mentor. Al fin cedía. Ibamos el viejo y el niño por la calle de Ferraz y los Jardinillos, calle de Bailén arriba. Don Ciro se paraba un momento en el puesto de un hombre de barba gris que vendía pliegos de cordel, en el chaflán del Ministerio de Marina, frente a la plaza de España. Era aquel hombre asimismo un superviviente de épocas ya remotas, que aún creía que podía conmover al público, ofreciéndole relaciones sobre la guerra del 60 y el general Prim, el guapo Francisco Esteban u Oliveros de Castilla. Después, ya en la plaza, esperábamos con impaciencia la llegada de los alabarderos, que aparecían con sus capas blancas y sus pífanos, mandados por un teniente coronel viejo que empuñaba una espada con ademán tembloroso, como si estuviera a punto de llevar a cabo un acto terrible. A veces entrábamos o salíamos de la plaza con tropas provinentes de alguno de los cuarteles del barrio de Argüelles, al son de pasodobles como el de la Banderita o Los voluntarios, llevando el paso. Yo creo que don Ciro se consideraba el jefe de aquella serie de jubilados, repartidores, vagos, chicos que hacían novillos y demás gente callejera, la cual sentía un amor por la patria, expresado por sencillos y maravillosos toques de corneta; yo confieso que el teniente coronel, con su mosca, sus lentes y su temblor me producía un respeto extraordinario y que participé de la emoción patriótica, colectiva, de los pasodobles; también de la majestad de la realeza. Y así como el recuerdo de mi abuela rezando el rosario en Vera, en «Itzea», me ha permitido no tener de la religión una idea demasiado fría, así, también, las emociones infantiles de la parada me hicieron ser en la juventud menos antimilitarista que lo eran mis camaradas de estudios. Don Ciro me inculcó un patriotismo infantil, popular y un respeto por la disciplina militar, al menos en teoría, muy poco noventayochesco, según la doctrina aceptada.
Pero todo esto pasó hace mucho (105-106).

O este otro sobre Manuel B. Cossío y la gente del entorno de la Institución Libre de Enseñanza, desde la simpatía, aunque no sin crítica:
Para mí, por otra parte, y considerándolo como , los hombres de la generación de Cossío y de otras posteriores que descollaron en la vida intelectual y artística, dentro de cauces parecidos, fueron hombres de una ingenuidad enorme, en un país de gente astuta, ya que no inteligente. Se dieron cuenta de muchas y lacerías, pero juzgaron que había fórmulas generales o particulares para sanar de ellas. Creyeron en la Pedagogía, en la Ciencia, en el Arte. Creyeron incluso en la virtud de los cambios políticos. Conocieron a España con buenos ojos. Acaso conocieron menos a los españoles o a cantidad de ellos (221-222).

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