jueves, 10 de octubre de 2013

Recuerdos de Pedro Sáinz Rodríguez

Los Testimonios y recuerdos de don Pedro son una lectura bien entretenida, porque era bastante maldicente. Catedrático de Literatura con 22 años -no parece que tuviera problemas de autoestima- le tiraba también la política.
Sobre todo me interesó lo que cuenta de los años 20, de la Facultad de Letras de la Universidad de Madrid, el Ateneo y los estudios literarios en general en esa época. Luego, los años de Estoril junto a don Juan parece que se le funden los plomos críticos: estos monárquicos, cómo son, les pones al lado a alguien de sangre real y se convierten en un segundo de águilas en pollitos.

Cuenta en detalle lo que algunos clasicistas llamaron la "felix culpa": fue el que consiguió introducir un bachillerato con mucho latín y mucho griego como ministro de educación del primer gobierno de Franco. Como se temía que en el Consejo de Ministros no estuvieran por la labor, editó un libro (Menéndez Pelayo y la educación nacional), una antología de fragmentos del sabio entonces intocable, en la que estaba incluido el dictamen de 1892 de la Universidad de Madrid sobre la reforma universitaria, firmado a la vez por Menéndez Pelayo y Salmerón ("dos antípodas en el pensamiento y la política"). Dice:
quiero agregar que la gran influencia del bachillerato clásico en las cultura española se notó mucho después, y una de las grandes satisfacciones de mi vida ha sido verificar que aquella medida mía legislativa, dictada pensando en la formación de los futuros universitarios, tuvo, desde otro punto de vista, una trascendencia sorprendente y es que en este país, merced al volumen de cátedras creadas de lenguas clásicas, se ha formado un verdadero equipo de humanistas y estudiosos de latín y griego.
Habla luego de lo que le alegró participar en 1974 en un Congreso de la FIEC en Madrid:
y allí pronuncié una conferencia sobre Luis Vives y el humanismo español que, por fin, después de varios siglos, resucitaba ante nuestros ojos. Para mí esa ha sido una gran alegría, mucho mayor y más profunda que cualquier honor, cualquier condecoración de esas por las que los hombres luchan tanto.
Ahora casi nadie lo conoce. Con todas las pegas que se le quieran poner (pero sabía un montón de literatura española, especialmente de la mística), está a años luz de altura sobre todos los zapateriles y todos los rajoyistas que hemos padecido en los últimos años.

Otro detalle: consiguió aprobar una ley que obligaba a las bibliotecas españolas a hacer públicos sus catálogos. Con gracia recuerda que Mayans llamaba a esa mentalidad de no dejar ni ver los libros (tan extendida en España) con una buena palabra: bibliotaphios. Tumbas de libros, en vez de bibliotecas, eran muchas en España y siguen siendo a veces (la última que me pasó: la de Clásicas de la Complutense).

2 comentarios:

  1. Anson, en su hagiografía, de Don Juan habla mucho de él. Creo que le da una importancia excesiva en el proceso de restauración de la Monarquía. Era un conspirador nato, conoció a Franco en Oviedo antes de la guerra, si no me equivoco, y no dejó de enredar por aquí y por allá. Eugenio Vegas en sus interesantísimas memorias también da cuenta de muchas de sus andanzas. Al parecer, al Conde de Barcelona le hablaba bien claro y tenía poco de cortesano. Era muy culto, tenía una gran biblioteca y sin duda una personalidad muy marcada.

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  2. Sí, conoció a Franco en Oviedo, lo cuenta con detalle: era catedrático allí, hasta que se pudo volver a Madrid. Me cuadra lo que dices de sus relaciones con el Conde de Barcelona: justamente se ve que no era nada ingenuo, aunque me acuerdo ahora de que dice que la infanta Pilar era muy inteligente: no sé yo ahora.

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