miércoles, 18 de septiembre de 2013

Críticas de JRJ a escritores sobre Castilla

Vuelto de Valladolid y con la emoción de tanto campo en la retina, me encontré entre papeles este texto de JRJ (Guerra en España, p. 606-607) que me ha vuelto a parece de tremendo interés. Ojalá lo hubiera tenido cuando escribí sobre el paisaje de Castilla y los escritores a los que se refiere aquí (pongo en negrita lo que más me llama la atención):
[Está contando que Ortega le criticaba su línea poética] Él hubiera preferido que yo cantase a Castilla como Unamuno o como Antonio Machado, o como un conjunto de los dos; que él había escrito ya que su ideal de poesía castellana sería un Antonio Machado, menos descriptivo, con un Miguel de Unamuno más sensorial; pero yo no podía intentarlo sinceramente, ni estaba dispuesto a proponerme a ello. Yo tenía conciencia de que era andaluz, no castellano, y ya consideraba un diletantismo inconcebible la exaltación de Castilla (y sobre todo de la Castilla de los hidalgos lampones, tan de la picaresca) por los escritores del litoral, Unamuno, Azorín, Antonio Machado, Ortega mismo. Prefería ya, y sigo prefiriendo, a los escritores que escriben de lo suyo, Baroja, Miró, Valle-Inclán, en su segunda época; y nunca pude, aun cuando haya contado muchas veces en prosa lo que veía en Madrid, donde yo vivía, o en mis viajes por los nortes de España, considerarme castellano. Declaro francamente que soy enemigo de ese "eternismo casticista" de mesón del segoviano, cofradía de la capa y otras necedades tan cercanas al patio de Monipodio; y creo que el mejor hijo­ de algo es el hijo de su tiempo, de su lugar en el espacio y de su conciencia. Hay un soneto mío, que yo detesto, el que empieza: "Estaba echado yo en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla", por el que me felicitaron mucho Francisco Giner, Manuel Bartolomé Cossío y otros amigos de la Institución Libre de Enseñanza, cuya ideolojía de la segunda mitad del siglo XIX era la misma que la de Antonio Machado, Azorín y gran parte de Unamuno. Pero mi idea instintiva de entonces y conciente de luego, era la exaltación de Andalucía a lo universal, en prosa, y en verso, a lo universal abstracto; y como creo que es verdad que el hábito hace al monje, yo me puse por nombre "el andaluz universal" a ver si podía llenar de contenido mi continente. Lo que Ortega no sospechaba, ni yo se lo dije en aquellas ocasiones, era que yo atravesaba una profunda crisis formal y estaba escribiendo en aquel momento los poemas de Estío y Sonetos espirituales, que marcan un cambio fundamental mío, no sólo en espresivo intelijente o sensitivo, sino en lo más interior; y esto es lo que los dos libros señalan al comienzo de mi segunda época. Madrid ha sido siempre un gran nivelador de estilos para los poetas de otras rejiones; y es sabido que los mayores poetas contemporáneos de España, los más completos, vienen de los litorales. Insisto es que yo no puedo comprender por qué fusiones o confusiones, Unamuno, Azorín, Antonio Machado, etc. cantan a Castilla con tal consecuencia amanerada, y lo que menos me gusta de todos ellos es lo que a esta Castilla, madrastra de ellos, se refiere, Castilla, la para mí forera, esquisita, ha venido a ser, por culpa de los falsos actores de latiguillo del falso 98, una odiosa mansión de la más falsa aristocracia, como Andalucía fue y sigue siendo odiosa, cantada por los turistas o los complacedores de los turistas, como la mansión de la jitanería esterior. Tan de pandereta es la Andalucía de Théophile Gautier como la de Salvador Rueda o la de Federico García Lorca, aunque con distinta calidad y conocimiento. Es claro que Unamuno es un gran poeta en sus poemas abstractos, los de más alta esfera, y que Azorín escribió unos primeros libros levantinos verdaderamente bellos, y que Antonio Machado tiene, antes y después de sus Campos de Castilla, las hermosísimas canciones de su juventud y su senectud. Yo doy todos sus poemas castellanos por uno de sus Galerías o por uno de los últimos poemas de Abel Martín. (...) Sea todo esto como sea, yo había leído mucho, en mis siete años de campo moguereño, a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa, a Fray Luis de León, poetas de espacio y tiempo jenerales, y castellanos naturales, sin decirlo; y ellos eran los que influían más en mi cambio tan favorable.

2 comentarios:

  1. JRJ, un crítico de una lucidez asombrosa muchas veces, es aquí no poco injusto. "Campos de Castilla" es un gran libro. Y la Andalucía de Lorca no es "de pandereta", en el sentido peyorativo del término; es estilizada y personal, no menos estilizada y personal que la visión de JRJ del campo de Moguer (o de Madrid en tantas prosas, o del mundo). Es un poco como lo de Borges, al decir aquello de "andaluz profesional" refiriéndose a Lorca. Igual podría decirse de José Hernández que era un "gaucho profesional" -con la diferencia, en todo caso, de que Lorca era andaluz, mientras que la condición gaucha de Hernández es al menos discutible. ¿Importa algo todo eso? ¿Le quita grandeza al Martín Fierro? JRJ es ahí, a mi modo de ver, demasiado parcial. La Andalucía de pandereta, o la Castilla incómodamente falseada para turistas, existen, qué duda cabe; pero no es la poesía de Lorca ni la de Machado el sitio donde puede encontrárselas. Aunque la pandereta y el casticismo los hayan utilizado después. Pero eso es otra cosa.

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  2. Mil gracias, Gatoflauta, por tu comentario. Es un tema que me interesa muchísimo (escribí este artículo) y justamente en la crítica de JRJ echo en falta una visión más positiva de Campos de Castilla, que por otro lado me parece un libro injustísimo con Castilla (y ahí sí que le doy toda la razón otra vez a JRJ): critica la España de pandereta y él hace una presentación caricaturesca de Castilla, en la línea de pensamiento que tan bien delimita JRJ.

    En cualquier caso, me apunto a la Castilla y a la Andalucía que reivindica JRJ aquí.

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