viernes, 9 de octubre de 2020

«Ya sentarás cabeza», de Ignacio Peyró

Últimamente estaba desganado para leer. Tenía empezados Alcancía. Vuelta, diarios de Rosa Chacel muy bien escritos, pero con poquísima intensidad narrativa; luego las Memorias (Coces al aguijón) de Solzhenitsin, muy interesantes, pero donde se alarga una barbaridad en cómo consiguió sacar a la luz su primera novela, y además libros sobre la Guerra del Peloponeso, para leer despacio. Cuando vi que salía Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011), el Diario de Ignacio Peyró, me hizo mucha ilusión, porque había visto unas páginas sueltas, que publicó hace años, y me habían gustado mucho. 

Yo he tenido contacto con el autor desde 2013, cuando me publicó dos artículos en Suma cultural, una revista digital que dirigía; bien es verdad que el segundo tardó tres meses en sacarlo; yo me harté y lo colgué en mi blog, y entonces me lo publicó. En ambos casos fue, me parece, por compromiso. Bien: yo soy como un jugador voluntarioso de segunda B, de un equipo como el Compostela; no me voy a quejar de que no me saque a jugar el míster en un equipo de Primera, el Getafe por ejemplo, donde tienen hasta extranjeros cobrando, pero el ego sufre. He mirado los dos artículos ahora y ambos pecan de densos y de muchas citas.

A mí me había gustado mucho su libro sobre Inglaterra, mil páginas; ya hablé todo lo elogiosamente que pude entonces. Luego tuve un choque con él: le critiqué que hubiese permitido que se publicase en su revista un artículo gravemente injurioso contra la Madre Teresa, donde se repetían las mentiras de Hitchens que Simon Leys había desmontando una a una y que había leído el autor del artículo sin molestarse en cambiar ni un milímetro su inquina a la santa de Calcuta, que -por lo que parece- es como el ajo para los vampiros del mundo del hedonismo. La reacción de Peyró fue pedirle a un amigo de ese mundillo rancio de Intereconomía que describe con tanta acidez un artículo "a favor de" la Madre Teresa. Un artículo a favor y otro en contra, qué problema hay ya, debió de pensar.

Luego descubrí en una antología de poemas sobre padres un poema suyo excelente. Hace menos tiempo di con su cuenta de instagram y hace unas fotos impresionantemente buenas. Le había leído dos traducciones de libros de Waugh muy buenas. En resumen, que yo estaba en la mejor disposición ahora, dispuesto a disfrutar de ese libro, aunque con la mosca detrás de la oreja. 

He leído el libro rápido, con curiosidad y luego por el morbo de regodearme en el mal cuerpo que me estaba quedando. Al final tenía una gran amargura. Cuento todo esto para que tengáis contexto: no puedo garantizar en absoluto objetividad en lo que voy a escribir a continuación, pero es lo que pienso en conciencia:

Es un libro que son varios libros. A veces parece, sobre todo al principio, que quiere emular a los de la prosa cipotuda (el término quedó acuñado en un artículo memorable), metiendo incluso algunas expresiones tremendamente groseras, como para demostrar que puede. Sorprende, porque el autor está muy lejos de estéticas de barbas de tres días, pero en el fondo es lo mismo: presumir de bares y de cerrar tugurios. En todo caso es la versión burguesa de derechas del cipotudismo, movimiento en principio más a la izquierda, aunque todos se acaban encontrando en un glorioso lugar común: el CENTRO, incluso el EXTREMO CENTRO. En el resto del libro sí que se repite hasta la saciedad la temática de lugares de Madrid donde beber, a los que hace sentidas elegías cuando cierran, la parte más aburrida con mucha diferencia.

También es crónica política. El sábado, cuando llevaba un buen trozo leído, me empecé a sentir tristón, como si estuviera cayendo en una depresión: era por ese mundillo de Madrid, podrido, encantado de conocerse: a un lado Zapatero y al otro Rajoy. Alrededor (me dan vahídos ahora al escribirlo), Pepiño, Bono, Soraya y Cospedal y Margallo, Anasagasti y Durán (al que siempre cita sin acento, no sé por qué): ahí está disfrutando él, mientras yo no puedo pensar en una época más oscura de la historia de España (la actual es mera consecuencia). En el prólogo dice Peyró de si mismo que es wet. Tuve que buscarlo en internet: wet es una persona sin opiniones firmes. Será en lo político, donde ha logrado la perfección del extremo centro a base de escribir discursos para Cospedal (me ahogo sólo de pensarlo) y luego para Rajoy: lo hizo a partir de 2011, este libro es la crónica de cómo llegó hasta allí, igual que en el caso del Lazarillo, la cima de su honra es casarse con una barragana de Toledo. Las únicas convicciones que muestra en este libro Peyró son sobre valoraciones de diversos tipos de bebida y sobre su valía personal: todo lo demás es secundario y prescindible.

El libro es también el mundillo periodístico desde algunas cabeceras editoriales tirando a menores: da la sensación como de que está haciendo en buena parte de estos Diarios una especie de quema en efigie de aquellos que le contrataron y a los que hace en su inmensa mayoría unos retratos criminales. A los que ve con benevolencia los pone de estoicos y pánfilos. Está todo el tiempo en medio del mundo editorial de la derecha, siendo perfectamente de centro: como Rajoy, por otro lado. A esa derecha la escupe siempre que puede y ahora escupir a Intereconomía, grupo que nunca fue mucho, le debe de salir gratis. El pequeño medio digital donde comenzó es un lugar donde todos parece que están pendientes de él, mientras él es requerido por los cantos de sirena de múltiples medios que le llaman a la vez.

Hay unas cien páginas donde menudean las menciones al Opus Dei. Están los numerarios, con anillacos, fuera de época y con los pantalones demasiado cortos y las camisas no del todo planchadas y están los supernumerarios, enloquecidos, con devociones ridículas y fracasos matrimoniales al fondo. La Universidad de Navarra, donde le invitan, no le puede producir más asco. La Facultad de Periodismo es directamente la encarnación del mal. Eso acaba tiñendo a toda Navarra, una región abyecta. Luego, pasadas esas páginas, cita a personas de la Obra con las que está a buenas y no dice ni pío sobre que sean o no sean. Y qué mejor que darle palos al Opus Dei: siempre se pueden atribuir a alguna mala experiencia o explicar que las críticas son a esas personas concretas sólo. Darle cera al Opus Dei siempre da puntos, sobre todo ahora. Y tengo, ay, la certeza de que Peyró volverá a ser invitado a la Universidad de Navarra, a la Facultad de Periodismo incluso, y él mostrará su magnanimidad yendo y poniéndolos a parir después en el correspondiente volumen de los Diarios que toque. Se dejará acunar por todos los proyectos que le ofrezcan ingenuas personas de la Obra que quieren hacer el bien y si le conviene, los aceptará y los dirigirá, porque él lo vale. Y esto último no son deliquios mentales de alguien escocido como yo: así cuenta cómo acabó de director de la revista donde publicó mis artículos. El dueño, forrado a base de tener una Universidad virtual, "es impresionable para cosas de cultura (...). Da una sensación: tienen muchísimo dinero y una orientación muy poco clara de qué hacer. En el fondo, no es mala perspectiva estratégica: qué haría un caradura [se refiere a sí mismo, Peyró] con alguien rico dispuesto a ser engatusado" (494).

La cultura que quiere Peyró tiene referentes con los que coincido, como José Jiménez Lozano y Carlos Pujol, y otros que no, los fundamentales, sobre todo en la línea de Valentí Puig, básicamente escritores de centro, conservadores a lo Rajoy o Cameron, gente que sabe cómo son en realidad las cosas y que no se deja engañar por las pantallas que ellos mismos van poniendo para engatusar a los ignaros de la pasta y a los ignorantes en general. Le gustan los escritores supercultos con referentes internacionales tipo Modiano o Giono. Yo voy a caer aquí en el cipotudismo: escritores cagapoquito, con mucho viaje a París entre la niebla y que saben dónde se cocinan las mejores becadas.

Estos Diarios al fin parecen más bien servir como de curriculum vitae de alguien que quiere explicar su trayectoria anterior, para cerrarla: la juventud, todos hicimos tonterías, pelillos a la mar, ya estoy preparado para un cargo en alguna de las muchas sedes que el Estado tiene, algún Real Instituto, alguna sinecura, alguna Fundación con conexiones internacionales.

En la última parte va metiendo artículos y trozos de artículos. No acaban de encajar. Hay uno sobre Julio Iglesias de vergüenza ajena: lo pone en los cuernos de la luna. Y piensas que ha hablado (pero al principio del libro, luego ya no) de que oía Radio Clásica, así en general, para luego descubrirse que de música lo único que salen son menciones de horteradas veraniegas y lo de Julio Iglesias. En todo eso sí que es Peyró muy de derechas. Tiene un artículo contra el Power Point y contra Google, todo muy rancio, ya digo. Ahí seguro que se entenderá con amigos muy fachas que siguen atrapados en Intereconomía (o como se llame ahora). Luego tiene un artículo sorprendente contra los toros, donde el argumento principal es que perjudican a la Marca España de Margallo.

Son Diarios de cuando tenía entre 26 y 31 años, pero los revisa con 40, con suficiente edad como para corregir mucho de lo que chirría aquí. Esta dispersión entre varios Diarios metidos en uno, sin que parezca, sobre todo al final, que haya hecho una lectura reposada del conjunto que hubiera evitado muchas repeticiones, no sé si es por los varios modelos que quiere imitar: Pla (pero le falta su finura y la agudeza), Umbral (no le salen los retratos como a él y le falta la capacidad de describir ambientes) o Trapiello (lo intenta imitar en el relato de un viaje a Galicia donde Feijoo resulta que es amiguísimo de Ariza, qué mundo más cutre). Él cita a Juan Manuel Bonet como referente: le queda demasiado grande, debería saber muchísimo más de arte y literatura, ambas parcelas conspicuamente ausentes aquí. Al único que cita casi es a Dis Berlin. Sí que dice que ha escrito cosas sobre Goya o sobre Rubens, pero poco más.

Ahora vuelvo con más ganas a Alcancía, de Rosa Chacel: menos sensacionalismo, más verdad.

7 comentarios:

  1. Justo cuando estoy leyendo esto, llaman al timbre. El cartero me trae el libro de Peyró. No tengo, pues, criterio propio sobre su contenido. Pero quiero decirle que me gusta su libertad, don Ángel, y que por ella lo admiro.

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  2. Es un señor que escribe bien. Ha metido mucho de lo que fue publicando en contextos bien diversos y es dificil juzgar la obra como totalidad. Siempre lo malo de los escritores es que pueden acabanr escribiendo sobre uno.

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  3. "no se podía saber"

    JLC

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  4. Estoy leyéndolo. Definitivamente, son varios libros. Y varias prosas.

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  5. Tengo a Pompa y circunstancia en lista de espera y al final lo acabaré leyendo. Lo que tengo claro es que no leeré los Diarios del señor Peyró, después de leer esta entrada. Me fío de su criterio. Gracias por evitarme la pérdida de tiempo. Soy un ávido lector de Diarios y Epistolarios. El año pasado me compré los diarios de Lord Byron Esta primavera me puse a pintar la casa con mis hijos y encontré otro ejemplar de dichos Diarios comprado en 2008 y leído en 2010. Está claro que me voy haciendo mayor.

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