martes, 2 de abril de 2019

Mi madre cocinando y cosiendo

Yo ya sabía que iban a ver al minuto dos la herida que tenía yo en el borde de la barba. Pero lo que vio también mi madre al poco es que mi pantalón era demasiado ancho. Yo ni me había dado cuenta, que mira que no es darse cuenta lo que luego fue evidente: que aunque de cintura y de largo estaba bien, a lo largo me cabían dos piernas en cada pierna. A lo largo del fin de semana entre Eva y ella fueron descosiendo, cortando y volviendo a coser y lavar y planchar. De todo el proceso salió a la palestra la palabra «esvalvojear» (también, otra vez, «a disguz» =en diagonal), que decía mi bisabuela Margarita, así que debe de remontarse al XIX por lo menos, porque echamos cuentas y debió de nacer por 1886 o por ahí.

Me dijo mi madre que los garbanzos se ponen al fuego en agua ya caliente del grifo, a diferencia de las alubias verdes, que se llenan de agua fría antes de cocer.
Mira que parece fácil lo de los garbanzos y tuvo que pasarse un buen rato quitando una capa que iba formándose en el borde del agua, supongo que de la carne que había metido para dar sabor. Luego la cazuela estuvo toda la mañana a fuego lento. De allí salió una sopa bien buena (le echó unas hojas de apio al final de todo el proceso de cocción, para dar -todavía más- sabor) y unos garbanzos bien blanditos, lo justo para que estuvieran en su punto.
También hacer unas acelgas fue todo un proceso: cortarlas en trocitos, quitar los bordes, cortar zanahorias y añadir otros vegetales. Y luego ir quitando agua mientras se iban cociendo.

Marga se especializa en las ensaladas. Hizo unos huevos fritos bien buenos también. Y Eva le echó un buen rato a la tarta de galletas de la abuela Justi, un clásico familiar.




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