martes, 16 de diciembre de 2014

Mi sacristán interior

Estaba feliz el domingo tras la exposición de los Retratos Reales (ya la cuento mañana); era la una, a la una y media había misa en la Catedral de la Almudena, así que me fui allí, a estar sentado (y rezando, si pudiera ser).
Acababa otra Misa y entramos todos los guiris de provincias que estábamos por allí. Yo quería ir al retablo donde está la imagen de la Almudena, pero se formó una cola de lentitud soviética: la gente se hacía fotos ante la imagen, ay.
Me fui a la capilla del Santísimo. Resultó que la había «redecorado» Rupnik, s. j. A mí lo que hace Rupnik no me gusta nada. Ya había visto otra «intervención» suya en Gijón: es agobiante ese cubrir todas las paredes de realidades matéricas varias, puestas en bandas, y colocar en medio escenas con figuras medio etiópicas (por decir algo). El sagrario era ho-rro-ro-so. Llevaba un minuto allí yo, intentando hacerme una composición de lugar y la cosa es que los provincianos no hacía más que entrar y hacer fotos con flash: les gustaba mucho, lo decían a voces. El cartel en la puerta -silencio, lugar de oración- gritaba mudo su incapacidad de comunicar.
Dos minutos después me fui. Las dos puertas estaban abiertas para la larga fila de los que se habían hecho ya una foto con la Virgen. Al salir, cerré una. Me miró el último de la cola. Hice ademán de cerrar la otra, pero él no se movía. Empujé un poco para que se metiera al fin y el hecho -tengo que reconocerlo lealmente, pero se me había metido en mi psique un sacristán faltón, que lleva años en pena en la Catedral (todo el mundo lo sabe) por sisar de las ofrendas (y además poco, no como nuestro electricista)-, la cosa es que le empujé a él con la puerta.
Se molestó, se me encaró, pero sin violencia.
Quise recular, pero mi sacristán interior no me dejaba. Un  amigo co-provinciano suyo se me encaró en solidaridad. Le pregunté que si era policía. No quedó la cosa en más porque eran bellísimas personas, que no tienen la culpa de que les guste el arte de Rupnik.

Por fin, mi sacristán interior me soltó, pero me pidió que hablara de él aquí. Lo hago como reparación.

3 comentarios:

  1. Subir al camarín de la Moreneta es otra tortura, fuera de la primera hora de la mañana. Hileras de turistas, que además tocan las paredes y las columnas para que las energías fluyan, posan delante de la imagen de la Patrona de Cataluña como si estuvieran delante de la Victoria de Samotracia. Gracias a Dios, hay también mucha gente que se santigua, besa la bola y, tras inclinarse, delante de la Madre, sale ligera.

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  2. Ho-rro-ro-so, el sagrario, verdaderamente. Estilo remordimiento.
    Con tu sacristán interior me parto...

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