De Valladolid a Santiago volví con dos amigos. Pasé sin pena por las llanuras de Campos, más interesado en hablar de la iconografía de la capilla de los Benavente en Medina de Rioseco; hacía unos días que había estado allí y me había impresionado mucho, igual que la iglesia de Santiago, muy airosa; lástima que en Rioseco nos pillara el típico rollo mercado medieval (esa idea de la Edad Media como tenderetes sucios y comida tipo Obélix; tenían aves rapaces atadas, que me dieron gran pena). Pero qué capilla, mereció la pena pasar entre tenderetes. Aquí una pared, de iconografía evidente:
La reja que separaba la capilla -qué rejas he visto estos días, Señor- era maravillosa. Visitadla si podéis.
Bueno, volviendo a la vuelta de Valladolid, en el coche me explicaron -los dos son expertos en arte- que los pintores de ese periodo -siglo XVI- hablaban en sus contratos de lo que nosotros llamamos 'paisajes' como 'los lejos': bonito ¿no?. De ahí continuamos con que si Patinir que si a los flamencos que si los italianos. Tremendas lecciones de gratis: pintores, talleres, contratos.
Así que hablando y hablando perdí un poco la perspectiva: Valladolid quedaba definitivamente atrás.
Pasamos, ya que íbamos a pasar, por la exposición de
Las Edades del Hombre de Ponferrada. La visitamos a ritmo de marcha: sólo podíamos pararnos en algunas cosas pero aunque hubiéramos tenido tiempo de sobra: exposición normalita, con rollitos audiovisuales y una pasarela para conectar dos iglesias en la que se oía una serie de trinos desde unos altavoces. No soporto los rollos audiovisuales, ni los centros de interpretación ni las maquetas: menos mal que no íbamos a eso. En cuarenta minutos vimos lo que querían ver y alguna cosa más.
Al entrar por Piedrafita en Galicia, las verdes laderas de los montes.
En Santiago, un rato largo en el Pórtico de la Gloria, sin hablar, mirando yo también a ver qué miraban, para aprender. ¡La serenidad de la escena! -al fin y al cabo del Juicio Final- con un lateral de réprobos, pero que quedan casi ocultos en la alegría del conjunto. Las almas de los que se salvan como figuras pequeñitas que se llevan en brazos los ángeles. El sacrificio de Isaac en una columna, muy clásico, parecía como copiado de una tumba romana.
Al día siguiente, la vista azul del
mar de Vigo. Antes, un rato en el Museo de Pontevedra: para llegar tuvimos que pisar por todo el suelo montones de paja (¡habíamos caído en otra feria -en esta caso feira- de tonillo vagamente medieval!). En el museo, otra clase por el morro ante buenos cuadros.
Y por Vigo, muchas buganvilias. Lástima de ciudad, con ese mar, pero el puro caos.
Quería llevar a esos amigos a Bayona, pero con el lío de autopistas y autovías acabamos en Tuy. De la Catedral, las flores del claustro (había agapantos) y la estatua de san Epitafio (¡sic!: primer obispo tudense) con un crucifijo muy raro que llevaba entre las manos el santo, con Cristo de lado.
En el restaurante san Pelayo (sic) unas setas con trozos de jamón ibérico que no quiero olvidar.
Con estos amigos ya había estado un día por pueblecitos de Valladolid, a la caza de retablos. En una de esas idas y venidas pasamos, cb, por Villalar: el rollo de los Comuneros, la iglesia cerrada, una torre con una restauración alucinante, como si fuera de Noruega; hacía poco que habían tenido un encierro por el pueblo y todavía estaban los remolques formando calles por los sitios donde habían pasado las vaquillas. Pasamos sin parar (era la hora de comer) pero me llevé un alegrón porque podía contarte que pasé por allí.